viernes, 1 de agosto de 2008

Cupido es Eso




Hace un par de meses que mi viejo me hizo un regalo que yo nunca le pedí.
Cansado de verme desanimado en mi tarea de conseguir una novia, en lugar de regalarme una membresía en algún club, o unas vacaciones en algún tour de solos y solas, me regalo a Eso. Pensó que como a él le había resultado la técnica del enganche con mi vieja, a mí también me daría resultado. Así que me lo obsequió junto con una bolsa que contenía un kilo de roast beef y una lista de los usos que podía darle a mi nuevo compañero.
Le puse Eso porque no tiene ningún rasgo que lo haga peculiar. No se parece ni a Scooby-Doo, ni a Snoopy. Más bien parece un personaje digno de alguna historieta, sin ser ni Diógenes ni Mendieta. Eso es un ser vivo amorfo, que come las sobras de mi plato y que se despierta de madrugada cuando con alguno de mis movimientos, lo tiro de la cama. Sin embargo se que me quiere. Todas las mañanas me mira desde la puerta del baño mientras me afeito. Los domingos, se sienta al lado mío mientras leo el diario y en la semana se pone feliz al escuchar el sonido de la llave en la cerradura, señal de que estoy de vuelta del laburo. En reconocimiento a ese cariño que me tiene, le construí un monoambiente de madera en el patio, pero al muy malcriado le encanta acostarse conmigo, así que a lo que iba a ser su casa lo uso para guardar herramientas, y hasta le coloqué dos macetas como para justificar la molestia que me tomé en fabricarla.


Descubrí que Eso es un celoso empedernido que tiene miedo de perderme
Desde que lo tengo, jamás me dio una mano para abandonar mi soltería, tirando al tacho las hipótesis de mi viejo de que serviría de anzuelo para las minas. Su regalo fue algo así como un cazabobos fallado.
La primera vez que quise usarlo para enganchar algo, fue en el Parque Saavedra. Eso caminaba al lado mío, con su usual fatiga, cuando vi a una rubia enfundada en calzas azules que me llamó la atención. Me acerqué, con la cara de gil que me caracteriza y la mente en blanco, rogando que al abrir la boca me saliera algo que a ella no le sonara lo suficientemente ridículo como para al menos poder cruzar un par de palabras. Todo lo que me salió de arranque fue “hola”, y ella agregó “que tal”.Después la típica, “venís siempre acá, está linda la tarde” y cosas banales del estilo. Mal que mal, hablábamos, y yo me sentía satisfecho con el acercamiento, y hasta en el fondo le agradecía a mi viejo por el monstruito que me había regalado. Hasta que zás, el loco se me piantó, y tuve que salir corriendo detrás de él que ya me llevaba una cuadra de ventaja, por lo menos. Corrí como si el hecho de no alcanzarlo y perderlo para siempre, me convirtiera en un ser infame ante los ojos del mundo y de las sociedades protectoras. Por suerte se detuvo a curiosear el triciclo de un pibe, así que cuando lo alcancé estaba de gran jarana con su amiguito nuevo, y yo con los bofes afuera, como diría mi abuela si viviera. Le pegué sobre la remera de river, a la altura del diez que lleva en la espalda, y lo obligué a que me acompañara a buscar a mi posible candidata. Cuando llegamos, ya no estaba, y por un instante sentí ganas de ahorcar a Eso que me miraba con ojos de condenado yendo a la guillotina. Esa fue la primera vez que lo perdoné.




Se me ocurrió buscar alguna médica que lo controle. No porque estuviera enfermo, sino para entablar diálogo con alguna mina teniendo un motivo concreto, porque si hay algo que me cuesta es encarar a las mujeres. Yo no soy como El Negro, o como Esteban, que van a bailar y vuelven con tres o cuatro teléfonos. Yo vuelvo con un pedo violento, de tanto que chupo para amenizar mi timidez, y lo único que tengo al día siguiente es una resaca tremenda que me mantiene hecho una piltrafa agarrado al control remoto, sin salir de la cama.
Busqué por el barrio, hasta que a unas doce cuadras de casa, encontré uno de estos locales, atendido por una linda pelirroja de pelo lacio. Entré con Eso, perfumado y cepillado, y le dije que quería que le hiciera un chequeo. Ella sonrió y me dijo que pasara a buscarlo en una hora. Era un mal arranque porque me hubiera gustado que me dejara quedarme como para ir conversando mientras ella lo auscultaba o le revisaba los molares, pero no me desmoralicé y volví a los cincuenta minutos con la ilusión de que le hubiera encontrado algún malestar.Nada grave, pero algo para lo que ella tuviera que venir a mi casa una o dos veces al menos.
“Te salió sanito, tráelo en seis meses”, dijo cuando me vio entrar. Y me fui con otra frustración al bulo, mientras me pareció ver que Eso sonreía.



Un domingo, en vez de leer el diario en casa, decidí irme con Eso a desayunar a un bar. Hacía un frío solo apto para esquimales, así que me puse el gamulán y a Eso su buzo a rayas. Los dos emponchados, nos fuimos caminando por Cabildo, para el lado de General Paz. Después de varias negativas a dejarme entrar con él, y de mi inútil argumentación de que afuera estaba helando y yo quería tomar un café con leche, no nos quedó otra que sentarnos en una mesa de la vereda.
Salvo una oriunda de Siberia, estaba seguro que ninguna minita iba a querer desayunar a la intemperie, así que me tomé el café sólo para entrar en calor, hojeé el diario a la velocidad de un rayo, y nos volvimos a acurrucarnos los dos junto a la estufa eléctrica. Lo único que gané ese día, fue una gripe de locos, que me mantuvo ausente del laburo por tres días.
Después de tanto intento fallido porque Eso me sirviera de cepo para conseguir una chica, tuve que aceptar que él no era de esos amigos gauchitos, que se toman a pecho lo que le pasa a uno, y que jamás iba a hacerme la segunda en esto de abandonar el celibato.






El 24 de septiembre está marcado en mi agenda con una cruz en birome azul porque nunca fui bueno para recordar las fechas y me dio miedo olvidarme de ese día.
Era sábado y el sol pegaba justo sobre la casita de madera y los dos potus que había plantado en macetas de barro de las que venden en el Tigre. Cansado de estar en casa haciendo nada, le calcé la remera a Eso y nos fuimos de paseo por Barrancas. Le compré una garrapiñada al tipo de la estación, y me fui comiendo los maníes mientras le contaba a Eso mis ganas de cambiar de laburo. Le dije de la cama que le hicieron a Esteban, que la gente no tiene códigos, y que por un ascenso pisan la cabeza de cualquiera. Eso me miraba sin entender, pero yo le seguía hablando, a modo de catarsis, como si estuviera frente al psicólogo.
El se detuvo a fisgonear una bolsa de basura, y yo le expliqué que los bien educados no hacen tales cosas, y mientras lo sermoneaba se me escapó hasta la puerta de la librería y se quedó parado en el escalón. Lo llamé,”Eso, Eso, veni”, pero no me daba bola. No me quedó otra que acercarme, cuando la vi salir.Sus ojos verdes se cruzaron con los míos, y yo no puedo acordarme en que otra ocasión me sentí tan desnudo como en ese momento. Ella me correspondió con una sonrisa que debería figurar en alguna página de sonrisas singulares, por encima de la de La Gioconda. Intuí que lo miraba a Eso, pero yo solo podía mirarla a ella.
“Sos tan lindo como tu dueño”, la escuché decir. Si pensaba en lo poco atractivo que era Eso, me hubiera dado cuenta de que no había sido un gran piropo, pero tal vez ella veía en mi amigo algo que iba más allá de la belleza. Aproveché el comentario, y le conté que lo tenía hace cinco meses, que se llamaba Eso porque no había encontrado un nombre mejor para ponerle, que comía solo Roast Beef cortado en milimétricos cuadraditos, pero no le dije el por qué mi viejo me lo había regalado, por miedo a terminar embarrando la cancha y que me viera como el idiota que soy.


Hoy Laura sabe la verdadera historia de por qué Eso llegó a mi vida.
También comprendimos que si no fuera por él, tal vez jamás la hubiera visto, ni ella a mí.
Hace diez meses que estamos juntos y la verdad es que estoy feliz y contento.
A la noche nos acostamos a ver la tele los tres , y los días de sol lo llevamos a que se divierta en el Parque Saavedra. Si vamos a almorzar a algún restaurante al aire libre, viene con nosotros, y se acuesta a los pies de ambos.
Solo nosotros sabemos lo que significa Eso en nuestra relación, así que en la intimidad, a veces lo llamamos Cupido. Con cariño.

4 comentarios:

*Alfa* dijo...

Este cuento es genial, ya te lo dije esta mañana, pero lo dejo escrito para q lo recuerdes. Es tierno, por momentos comicos y romantico tambien, me encanto!!!!
Hace tiempo que vengo pensando en la posibilidad de comparme un ESO jajaja
Besotes

Javier dijo...

Blonda, acabo de leer Cadena Perpetua. Me parece que describiste un falencia emocional comun a muchas mujeres... y hombres. Quedarse en eso no sirve, en absoluto. Es preferible estar solo. Me gustó lo que lei, es corto y al punto.

Beso,

PD: Luego leeré lo otro!

Roberto Bennett dijo...

Hola, gracias a tu visita y comentario vine a ver tu espacio. Me encuentro con un joyita de escritora. Muy bueno !, seguiré leyendo tus otros relatos.
Agradecele a la alumna (quien?) que te orientó a mi, y de allí a mi a vos.
Beso
Rober

Roberto Bennett dijo...

De verdad, escribís muy bien. la narración es clara. Tiene el sesgo del guiño inteligente y fluye con muy buen ritmo. La historia creible, y el lugar que le das a los afectos humanos lo hacen lleno de profundo interés.
bueno, cuando la fiaca se te vaya, tal vez gocemos de tus relatos más recientes.
si querés que charlemos mejor a través del mail...dale!.
rober_bennett@hotmail.com
beso